Nunca pensé que echar de menos provocara dolor físico. Hasta
que llegaste tú para demostrarme lo contrario.
Nadie nos enseña a mirar dentro de nosotros. A observarnos con
honestidad, con sinceridad, pero, sobre todo, con cariño. A mí al menos me es
prácticamente imposible. Aunque me han propuesto aprender y, por mucho miedo
que me dé, no creo que tenga nada mejor que hacer ahora mismo, etapa en la que
construir es imperativo. Nada mejor en este momento, en el que todo se ha derrumbado.
Es curioso, nunca me han atraído las personas por su físico.
Ni siquiera en la adolescencia. Las personas que han marcado mi vida amorosa me
han tocado desde dentro y, desde ahí, se construyó todo. Ese click inexplicable
que da vida a cualquier cosa y que pasa contadas veces en la vida. Quizás por
eso me ha hecho sentir siempre tan insegura alguna alabanza física… Terror a
ser sólo eso para esas personas.
Y aquí estoy, en puertas de unas vacaciones diferentes,
donde la tristeza, la soledad y el desarraigo que siento van a ser
protagonistas, intentando ver cómo asumir eso de mirar dentro de mí para
rescatar algo bueno, cuando no veo nada. En definitiva, muerta de miedo.
Y, sin embargo, te veo a ti tan claramente, estás tan dentro
de mí como yo misma. Veo tus dudas, tus nervios, tus fachadas. Veo tu lucha y
me lamento por no ser la protagonista de ella, la motivación suficiente... pese
a todo, sólo puedo pensar “ojalá te vieras como yo lo hago”: Tu dulzura, tus
valores, tu risa, tus cabezonerías, tu abrazo, tu luz…
Y cómo duele joder, cómo duele verte tan dentro, pero, desde
fuera.
Tu sonrisa.
La manera en la que me miran tus ojos.
Tu mano sobre mi espalda, sobre mi pelo, sobre mi cara...
Tu mano.
Tu beso cálido en mis labios.
Tu olor...
Lo echo de menos.
Todo.
Y ha de ser así, lo sé.
Pero duele.
La manera en la que me miran tus ojos.
Tu mano sobre mi espalda, sobre mi pelo, sobre mi cara...
Tu mano.
Tu beso cálido en mis labios.
Tu olor...
Lo echo de menos.
Todo.
Y ha de ser así, lo sé.
Pero duele.
Lo siento, es lo mejor que puedo decir ahora.
Aunque las disculpas se queden cortas, aunque ya nada sea
suficiente.
Lo siento y mucho.
Siento no haber sido más fuerte, no haber sabido
transmitirte cuánto eres. Siento no haber podido expresarme lo suficiente.
Siento haber retrocedido para intentar que vinieras. Siento haberte permitido
alejarte, crear un mundo paralelo a mí. Siento haber creado yo otro. Lo siento porque el AMOR con mayúsculas no debe ser solitario. Debe ser construido, consensuado, trabajado...
Siento haberme perdido de forma tan brutal.
Lo siento una y mil veces.
Aunque no es suficiente.
Nunca sabes hasta qué punto estas rota hasta el momento en el que no te salen las palabras, ni las lágrimas, ni la rabia.
Proceso, todo lo rápido que puedo. Asumo todos los tipos de culpa en esta situación. Trabajo para no caer hasta donde quisiera hacerme un ovillo. Sonrio, como acto reflejo cuando lo que quiero es dejarme ir sin miramientos.
Y me equivoco, una y otra vez.
En mi burda manera de intentar sobrevivir
Proceso, todo lo rápido que puedo. Asumo todos los tipos de culpa en esta situación. Trabajo para no caer hasta donde quisiera hacerme un ovillo. Sonrio, como acto reflejo cuando lo que quiero es dejarme ir sin miramientos.
Y me equivoco, una y otra vez.
En mi burda manera de intentar sobrevivir
Es lo que me pides. Que calle, que desaparezca. Cumplir tus
deseos, mi única opción.
Aunque quiera correr, aunque quiera gritar, aunque quiera
todo lo contrario.
He perdido el norte.
Y el sur.
Lo único que me queda es mantener el sitio que ahora quieres
que tenga. En silencio. Con esta como única ventana. Por si, un día, decides
que quieres mirar. Quizás puedas ver más allá de lo que soy capaz de decir.
Sólo quizás.
Y con eso me vale.
Qué difícil es a veces sentirse en casa. Más aún cuando ésta
no es un lugar. Eres tú.
Y no estás
Te estoy mirando, desde la esquina opuesta de nuestro sofá. Una noche cualquiera. No imaginas cuánto te extraño. Estás a mi lado, pero no te veo, ¿qué puedo
hacer para que vuelvas?
No imaginas lo que daría por tu sonrisa, por nuestras charlas, por compartir, por... ser contigo. Y que todo eso no fuera un espejismo.
No imaginas lo que daría por tu sonrisa, por nuestras charlas, por compartir, por... ser contigo. Y que todo eso no fuera un espejismo.
Mi amor, mi amigo, mi cómplice, mi familia… mi todo. Ese que
me saca de quicio y al instante siguiente me hace volar. Esa risa única. Esa presencia
desbordante.
Ese al que llevo años mirando sin saber cómo tengo la suerte
de compartir mis días de su mano. Ese al que veo alejarse sin remedio, desde
hace años.
Te echo de menos, no sabes cuánto. Te necesito, todavía más.
Te quiero, por encima de todo.
Aunque este amor me esté matando lentamente, te espero.
¿Vuelves?
Tú, con tu presencia sosegada. Tu amor tranquilo. Tu cariño
resguardado. Tú, en aquel lugar secundario. Presente. De lejos. De cerca. Tu
risa socarrona, tus riñas sin apenas hablar, tu mirada. Esa manera de mostrar orgullo.
Los paseos llenos de complicidad, tu ira frente a mis
lágrimas. Tu lucha, tu ejemplo.
Ni un día, una semana, un mes ni un año. Es que una vida no
me basta para resumir tu abrazo. Para sentirte lo suficiente. Para aprenderte.
Para dejar de extrañar… te.
Si cierro los ojos siento el roce de mi mano sobre la tuya,
te veo. Si me desvelo una noche oscura sigue siendo tu rugir lo que me calma.
Llevar tu piel aunque no te gustara.
Ese quinto puesto de que jamás podré sentir más orgullo.
Ese hueco que nunca cierra.
Tú.
Solo pido ser dueña de mis días. Dejar de ser una actriz
secundaria en mi propia historia. Que me quieran y querer. Construir, ¡Vivir!
Solo quiero acurrucarme en tus brazos y que se pare el mundo
y que, cuando no esté, me eches de menos. Y quieras escribirme y quieras
contarme y me muestres que tu vida no es mejor sin esta actriz secundaria que
poco a poco se va sintiendo un extra circunstancial.
Que te quiero a boca llena, a pecho descubierto, a alma
abierta.
Que me estoy perdiendo intentando seguir tu guion.
Que tengo miedo.
Mucho.
Que lloro cada tarde, que estoy superada.
Que ya no sé qué hacer
Y ni siquiera sé si lo ves.
Ni siquiera sé si me ves.
Mirarte a escondidas. De noche. Mientras duermes. Sentirte
vulnerable por un instante. Sentir que me necesitas para algo. Que tengo valor.
Hablarte al oído, aunque no me escuches. Llorarte en
silencio. Abrazarte fuerte. Ojalá pudiera quitarte ese peso que te asfixia.
Caminar por casa, escucharte cantar y reír. Que salgas
bailando de cualquier rincón, con cualquier excusa. Objetivo: que brote mi
carcajada. Tu alegría. No sabes cómo te admiro.
Que hables solo, con el gato mirándote como si estuvieras
loco.
Y que todo sea parte de mi día a día.
Para ser feliz.
Y me parece nada.
Ocho catorces mirando tus ojos.
Ocho catorces mirándote mientras duermes, hablándote bajito
al oído, aunque no lo sepas.
Ocho catorces refugiándome en tus brazos. Sintiendo que mi
hogar está donde estés tú.
Ocho catorces y son tan pocos…
Mi vida por seguir celebrando catorces, dieces, doses,
nueves y los que vengan, de tu mano.
Deambular por una ciudad conocida que hoy parece tan
distinta.
Mirar sin ver.
La luz a través de las gotas, esas que furiosas,
irreverentes, implacables, apresuradas.
Respirar y no sentir.
Hoy no se trata de nada más que de resistir. Aun sin
fuerzas, aun con miedo, aun en contra de todo lo que desearías que fuera.
Agarrarte a tu razón primaria para seguir adelante. Confiar
en ti, en tus tripas, en que es lo correcto. En tu lucha. En que el beneficio
puede ser mayor que el coste.
Apostar. Jugártelo todo a una carta que ni siquiera sabes si
está en la baraja. Pero que deseas sobre todas las cosas.
Normalidad, tranquilidad, confianza, sin dobleces, sin
excusas, sin más. Intentar dejar de pensar, intentar aplacar la rabia de no
entender por qué hay que disfrazarse para intentar, para ser, para… ¿saber? La
tranquilidad de no tener recovecos. El agotamiento de tener que demostrarlo, de
sentirte examinada, el dolor constante que provoca. La tristeza que ahoga implacable.
Fuera de ámbito, enmascarado en un momento deseado, un auto
regalo… tan cerca, tan lejos, tan sola. Rodeada de artículos deseables, que no
te valen nada.
Echar de menos. Todo. Nada. Tu sitio. Tu hogar. Tu todo.
Desubicada.
”Y es que me gusta pensar que todo eso... te lo provoco yo”
Sentados. Juntos. Aún sin mirarnos. Estás ahí. Siempre.
Vigilante. En silencio. Cómplice.
Con la vida entre las manos, la cabeza en otro mundo y la
mirada en la(s) pantalla(s). Ensimismados. Dejando correr el aire, el ritmo, el
tiempo.
Con las palabras justas y las caricias contadas las risas
intentan abrirse paso entrecortadas, aceleradas, tímidas. En un batiburrillo de
ideas que se desborda cuando cruzamos la mirada. Cuando por un segundo avanzamos
en ese espacio indefinido del no saber, del no poder, del no querer acercarse.
Del esperar y no encontrar. Del vivir y no seguir sobreviviendo.
Porque así eres tú. Todo y nada. Lejanía en la proximidad y
cercanía en la distancia. El que me envuelve aun sin saberlo. El dueño de mis
ideas. Aun de lejos. Aun dormido. Aun con miedo.
Ese día. Cuando me desperté en tí. Con el cuerpo exhausto, la cabeza en las nubes y la vida por delante. Con el sabor de tu amor entre los dientes y esa mirada tuya clavada en mi memoria. Con tu mano sujetando la mía.
Contigo, ¡qué bien suena eso!
Contigo como complemento circunstancial de tiempo, de lugar, de modo, ¡Y hasta de espacio!
Felizmente agotada, la sonrisa más pura que puedo mostrarte.
Y mirarte sin que me veas.
Y sentirte sin que me toques.
Y vivirte sin reparos.
Comienza nuestra nueva aventura. Camino a cualquier parte. Juntos. Por fin.
Contigo, ¡qué bien suena eso!
Contigo como complemento circunstancial de tiempo, de lugar, de modo, ¡Y hasta de espacio!
Felizmente agotada, la sonrisa más pura que puedo mostrarte.
Y mirarte sin que me veas.
Y sentirte sin que me toques.
Y vivirte sin reparos.
Comienza nuestra nueva aventura. Camino a cualquier parte. Juntos. Por fin.
Amiga, por mucho que quisieras creer en esa historia. Hay cosas que sólo tienen un camino.
Y cuando no es, no es.
Y cuando no es, no es.
FIN
