Cuentos de medianoche

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Durante meses repetía una y otra vez que no podía más.

Pero no era así, aún tenía la capacidad de hablar. Yo no lo sabía, pero era buena señal.

Haces meses que me quede muda.

Y no se me espera de vuelta.
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No Dimes y diretes

Nadie nos enseña a mirar dentro de nosotros. A observarnos con honestidad, con sinceridad, pero, sobre todo, con cariño. A mí al menos me es prácticamente imposible. Aunque me han propuesto aprender y, por mucho miedo que me dé, no creo que tenga nada mejor que hacer ahora mismo, etapa en la que construir es imperativo. Nada mejor en este momento, en el que todo se ha derrumbado.
Es curioso, nunca me han atraído las personas por su físico. Ni siquiera en la adolescencia. Las personas que han marcado mi vida amorosa me han tocado desde dentro y, desde ahí, se construyó todo. Ese click inexplicable que da vida a cualquier cosa y que pasa contadas veces en la vida. Quizás por eso me ha hecho sentir siempre tan insegura alguna alabanza física… Terror a ser sólo eso para esas personas. 

Y aquí estoy, en puertas de unas vacaciones diferentes, donde la tristeza, la soledad y el desarraigo que siento van a ser protagonistas, intentando ver cómo asumir eso de mirar dentro de mí para rescatar algo bueno, cuando no veo nada. En definitiva, muerta de miedo.

Y, sin embargo, te veo a ti tan claramente, estás tan dentro de mí como yo misma. Veo tus dudas, tus nervios, tus fachadas. Veo tu lucha y me lamento por no ser la protagonista de ella, la motivación suficiente... pese a todo, sólo puedo pensar “ojalá te vieras como yo lo hago”: Tu dulzura, tus valores, tu risa, tus cabezonerías, tu abrazo, tu luz…
Y cómo duele joder, cómo duele verte tan dentro, pero, desde fuera.
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No Dimes y diretes

Parece que se paró la vida. Pero no. Días negros, días grises, días con más luz… al final, todo un compendio de horas que construyen este puzzle que comienza a tomar forma. Aunque yo todavía no la vea.

Miro las piezas a ver si puedo ir sacando algo más o menos claro. Todavía no mucho, pero en algunas voy viendo un poco. Aprendí que el luchar por no caerse pasará factura, pero se ha convertido en mi único objetivo. Que quererse es un trabajo a vida completa. Y todavía soy becaria. Que quererte da para otra vida de aventuras. Pero que ambas cosas no deben superponerse.

Aprendí que no se puede perder la voz propia, aunque pienses que haces un bien. Que los silencios solo llevan a más silencios, a más distancia, a más vacío. Que un vacío no lo llenan las palabras pero que éstas sí ayudan a pasarlo por las intenciones que en ellas se guardan. Aunque esto solo suceda por tiempo limitado.

Que mi camino no sé a dónde va, que antes veía la vida clara y que esas piezas todavía no han aparecido. Que no me asusta decir que tengo miedo.

Que echar de menos no está sobrevalorado.

Aprendí que he de aprender a respetarme, valorarme y perdonarme. Sin fecha límite. Sin letra pequeña.

 Y de todo, aprendí. O aprendo. O todo, O nada. Según el momento.

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No Dimes y diretes

Lo siento, es lo mejor que puedo decir ahora.

Aunque las disculpas se queden cortas, aunque ya nada sea suficiente.

Lo siento y mucho.

Siento no haber sido más fuerte, no haber sabido transmitirte cuánto eres. Siento no haber podido expresarme lo suficiente. Siento haber retrocedido para intentar que vinieras. Siento haberte permitido alejarte, crear un mundo paralelo a mí. Siento haber creado yo otro. Lo siento porque el AMOR con mayúsculas no debe ser solitario. Debe ser construido, consensuado, trabajado...

Siento haberme perdido de forma tan brutal.

Lo siento una y mil veces.

Aunque no es suficiente.

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No Dimes y diretes

Nueve años.

Y ningún día sin pensarte, sin extrañarte, sin necesitarte.

Nueve años

Desde que mayo cambió irremediablemente. Se volvió gris y poco después se tiñó de negro para siempre. No me lo creo. Todavía no puedo.

Nueve años de ese momento en el que me “echaban” de casa con una burda excusa. Pero con el tiempo comprendí que, aunque no podías decir nada, tú lo habrías querido así. Siempre protegiéndome. Siempre dejándome claro que la palabra papá para mí se pronunciaba de otra forma, pero que tenía uno. Uno que valía por 10. Uno que mataba por mí y que lo hizo hasta el final de sus fuerzas.

Que nunca un quinto puesto se llevó con tanto orgullo como yo llevo el mío. Ojo, seré la quinta pero nunca la número cinco… que eso me lo enseñaste bien.

Nueve años y cada día intentando honrar todo cuanto me diste, que no es poco. Y, aunque sigo peleando por estar a la altura, si cierro los ojos puedo ver tu mirada, puedo escucharte diciéndome “Aracelita hija…” Y no sabes lo que daría por tenerte en estos momentos cerquita. Por escucharte de noche y sentirme en casa. Porque siempre has sido mi ancla, mi camino correcto. Ese que ahora mismo tengo un poco perdido.

Nueve. El número que marca mi vida. Vida que hoy daría por no tener señalado este día en el calendario.

Nueve años y sigo rompiéndome en mil pedazos cada vez que llega esta fecha.

Pero tranquilo, hoy tampoco lloro, que sé que no te gusta.

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No Dimes y diretes
Nunca sabes hasta qué punto estas rota hasta el momento en el que no te salen las palabras, ni las lágrimas, ni la rabia.

Proceso, todo lo rápido que puedo. Asumo todos los tipos de culpa en esta situación. Trabajo para no caer hasta donde quisiera hacerme un ovillo. Sonrio, como acto reflejo cuando lo que quiero es dejarme ir sin miramientos.

Y me equivoco, una y otra vez.

En mi burda manera de intentar sobrevivir
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No Dimes y diretes
Llegó la hora.

Ya no hay más tiempo para pensarlo. Se acabó el plazo de las excusas. De los no me atrevo. Del miedo al qué pasará.

Llega la hora y a mí me pilla a traspiés, con el pelo en baja forma y la casa sin recoger.
Pero da igual. No hay tiempo, no hay prróroga...

Y sólo puedes adaptarte. Lidiar con tu miedo y mirarlo de frente. Retarlo.

Y pasa el tiempo, y al miedo lo domas. Y las montañas no parecen ya tan altas. Y te acostumbras a no dejar de luchar. Jamás.

Y terminas viendo que más que evolución este año ha terminado siendo una auténtica revolución

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