Cuentos de medianoche

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Es conocidos por todos la multitud de leyendas urbanas (y no tan leyendas) que corren acerca de los pasillos solitarios de las bibliotecas. De esos pasillos destinados a asignaturas que se podrían decir de “poca afluencia de público”. Los usos destinados a ellos, dice la gente, son varios y, sin duda, a cual más rebuscado. En numerosas películas series se han gastado bromas acerca del asunto. Un ejemplo que se me viene a la mente sería el gag realizado en la norteamericana serie Friends acerca del pasillo donde se ubicaba una copia de la tesis doctoral de Ross Geller.

En este caso, cambiamos de protagonista, nos centraremos en un libro. En el libro. Estaba situada en la biblioteca de la Facultad de Comunicación, en el pasillo que cualquier estudiante de publicidad se sabe al dedillo, sección de libros cotidiana, rebuscando más allá de los libros que encontré en el buscador. Fue entonces cuando este libro capto mi atención. Él era regordete y sonrojado, me miraba con “ojitos golosos” desde el estante más alto. No tenía mucha información en el lomo, parecía tímido, así que eso que dicen de que la curiosidad mató al gato se hizo realidad e intenté hacerme con el ejemplar. Nada más lejos de mi intención.

Supongo que en su alma de libro bibliotecario que, en su ego de “libro de segundo plato”, decidió vengarse de mi errática desidia. Fue entonces cuando, en un acto de salto sin red desprendió su solapa plasticosa y calló sobre mi rodilla derecha. Yo creo que si me hubiese concentrado, habría escuchado la carcajada de este libro gruñón.

Dolorida, lo dejé con desprecio en el estante (de más abajo, fuese a atacar a otro pobre curioso) y seguí cojeando con el resto de libros entre mis manos.

Al fin y al cabo, no hay nada que un poco de hielo y, valga la cuña publicitaria, un poco de Trombocid no arregle.
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1 Dimes y diretes
Dibuja el día aquel en que aprendiste a volar,

¿podrías?

¿Y aquél en el que perdiste el miedo a saltar al vacío?

Con el todo asumido hasta que el quizás nos separe perdí el miedo a hacerme partícipe del pack completo que llevaba tu insignia. Tanto, que abrí mi puerta, esa puerta encajonada desde antaño y que tantos habían intentado traspasar sin éxito. Hoy digo a viva voz que desempolvé las alfombras hasta mi mundo para invitarte de la única forma que se hacerlo.

En este mundo tan mío, las paredes son onduladas para que la luz refleja cada pigmento de los colores que dejan todos los que han pasado, pasan y pasarán entre sus callejuelas. Para no olvidar los errores y recordar que salí victoriosa de cada contienda o con la lección aprendida tras la derrota.

En la sala donde colecciono los clichés de esos sitios que nunca olvidaré. Los olores del mar según las mareas. La textura de la brisa desde aquellas rocas en la playa del muelle que ha visto tantas primeras veces. Allí mismo es donde guardo el hueco de todo lo que queda por venir.

Allí donde paseo descalza mientras la música inundad todos los rincones. Tantos estilos, tantas melodías, letras, ritmos, bailes.... tanto por conocer.

En el único lugar donde me refugio de tempestades propias y ajenas. Donde siempre me apetece estar

Estrategias de venta, de provocación o de autopromoción aparte, yo sólo pretendo que aceptes mi invitación para formar parte de eso a lo que me gusta denominar "mi vida".

Mi mundo puede que no sea muy grande o lo más interesante que te puedan proponer en estos tiempos, pero es todo lo que tengo.

Ahora sólo queda que tú quieras abrirme la ventana al tuyo
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