martes, 28 de abril de 2009

Cristales sucios, tardes de grandeza

Paseaba aquella tarde acalorada entre prisas y risas que dejó el viento enmarcando la instantánea foto, con la taza de café medio frío en la mano, mirando a nada tras los cristales sucios del bar, concentrada en el vacío de ideas que me acompañaba. La nada puede ser un lugar interesante para vivir si tuviese buenas vistas al resto de perspectivas, pensaba mientras mascullaba entre dientes la canción de aquel anuncio de telefonía que me hacía reír sin motivo aparente.

Acomodado en el sucio escaparate tras la lluvia, un letrero medio caído, tipografía plana, obsoleta, ridícula quizás, desteñida por el sol. Seña de identidad inconfundible para toda una generación. En la acera más cercana al lado opuesto de mi equilibrio, un salón de moda retro al que nunca me habían presentado.

Y así seguían pasando los minutos de la tarde que se prometía como más atareada y excitante de la semana. Con mi plantón dado y sin ganas de nadie, observando las motas de polvo asentarse en el suelo tras el paso fugaz de tantas y tantas figuras, sin cara ganadora para mí. Hoy todo el mundo es la cruz de mi moneda.

Cuando más absorta estaba entre los árboles de parra que hice plantar en mi mundo algo cambió por completo la estampa. No nos habíamos visto nunca antes, venía del lado opuesto a mi cristal, paseaba agitado buscando el punto de color para su día gris y no dudó en pararse frente a mi figura, intentó llamar la atención de todas las maneras posibles. Yo desperté al ver sus muecas de burla pegadas, su cara desfigurada sin motivo aparente.

Tras el sobresalto, unas carcajadas de complicidad y un café, o dos, o una vida.

Por todo lo diminuto que alegra los días de tantas personas. Hoy vuelve a nacer la vista detallada entre multitudes atareadamente confusas.